Botafogo y Copacabana

en el invierno brasilero

Septiembre de 2007 

La próxima vez que vengamos en verano a esta playa, ya no será lo mismo. Desde ahora, ya no podemos olvidar que la hemos visto en su desnuda belleza, en la naturalidad de sus olas libres, de su atardecer sin prisas y sin sombras, con las campanadas de las horas cayendo sobre la arena, mientras contemplamos cómo el agua se acerca y se distancia de la ciudad a cada instante, a cada respiro del océano profundo.   De algún modo, en este viaje hemos conseguido lo que más cuesta: dejar nuestra ciudad para vivir en otra. Cuando en otro próximo verano regresemos a Copacabana, caeremos en la cuenta de haber vivido ya un vez en Río de Janeiro; no somos más solamente veraneantes, ¡somos cariocas! 
 

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